Sergio García Ramírez
De Jorge Carpizo
Se me invitó a reunir en unas cuartillas algunos recuerdos sobre Jorge Carpizo. Lo hago con gusto. Aplico la memoria para atraer la circunstancia en la que nos conocimos y emprendimos una buena amistad que se prolongó todo el tiempo que duró la vida de Jorge. Nuestro encuentro inicial fue en un país, en una Universidad, en un Instituto de Investigaciones profundamente diferentes de los que existirían cuarenta años más tarde, en la víspera del viaje más largo de quien fue un entusiasta practicante de los más diversos itinerarios, un arte que cultivó con perseverancia. Así anduvo también los años de su existencia laboriosa, sembrada de buenos trabajos, cumplidos según su talento y su conciencia, en los varios servicios que le permitió la vida: de la juventud a la madurez, sin fatiga ni reposo, y a menudo con coraje y con pasión. Así se vive, y así vivió mi buen amigo Carpizo.
Pero regreso a las horas en que tuvimos las primeras conversaciones, como quien dice las primeras armas, en aulas, corredores, laberintos universitarios, que nunca dejamos, por más que recorriésemos otros espacios, como quien camina para preparar el retorno: siempre vuelta a las aulas, a los corredores, a los laberintos universitarios. Conocí a Jorge, varios años más joven que yo, pero no tantos como para crear distancia, en el antiguo Instituto de Derecho Comparado de la UNAM, entonces bajo la dirección de don Roberto Molina Pasquel, y muy pronto bajo la de Héctor Fix-Zamudio, a quien Carpizo siempre trató de maestro. Lo fue, en efecto, para el joven Jorge que hizo carrera de investigador al lado de personajes como Fix-Zamudio y Mario de la Cueva.
El Instituto se hallaba en el cuarto piso de la Torre de Humanidades, aledaña a la Facultad de Filosofía y Letras. Estaba a dos soles: el que pegaba con fuerza desde el oriente, por la mañana, y el que despedía desde el poniente, por la tarde. Era cosa de manejar las persianas para mitigar el calor y despachar la investigación. Andando el tiempo, el director Carpizo mudó nuestro Instituto a un espacio más holgado en la Torre de Ciencias, y después --cuando fue rector-- lo dotó de un edificio adecuado, al sur de la Ciudad Universitaria.
Carpizo formaba parte de una generación de jóvenes en los que brillaban la voluntad y la inteligencia. Los recuerdo como estudiantes de la Facultad de Derecho y, sobre todo, como becarios en el Instituto que luego sería su casa y su obra. Formaron en esas filas otros buenos amigos, uno presente, con gran brillo, otro ausente: aquél, Diego Valadés; éste, José Francisco Ruíz Massieu. Y había más jóvenes valiosos en esa generación competente, que desarrollarían --todos y cada uno-- carreras descollantes en el ámbito académico y en la vida pública. Entonces iniciaban una vida que daría buenos frutos, hasta donde lo permitió la línea del tiempo: breve para algunos, mayor para otro, mucho más prolongada --estoy cierto-- para el tercero.
Jorge llegó de un paraje grato y providente, al que llamamos Campeche. De ese suelo y ese cielo --que Vasconcelos ilustró, impecable, en páginas de su “Ulises criollo”-- trajo la campechanía que fuera una de sus galas, como de otros hombres y mujeres cultivados en la capital amurallada. Su familia poseía una espaciosa residencia en el centro de esa población, la “casa Carpizo”, que supe más tarde. Su madre, a la que profesó un amor muy grande, propio de hombre bien nacido, y su vasta parentela --en ella, doña María Lavalle Urbina, que fue mi primera jefa en el servicio público-- lo rodearon de afecto y le enseñaron las glorias gastronómicas de su patria chica. Luego las disfrutaría, para bien de sus amigos, en distintas estaciones: México, una; Madrid, otra.
Carpízo, hombre de leyes y de Estado, entonces en ciernes, aplicó la imaginación y la inteligencia a entender la ley y el Estado y a poner su propio esfuerzo en el desarrollo de ambos. Devoto de la historia y amante de su patria --con un apego que ya no es tan frecuente-- conoció y aplicó la Constitución de 1917 a través de una obra que figura entre las primeras que le debimos, y también entre las más notables. Sabía que hacer una ley suprema en serio es trabajo de fragua, que no resulta del arrojo ni tiene su fuente en las bibliotecas, aunque se perfeccione en éstas, bien digeridos sus frutos. Comprendía --lo recuerdo ahora, porque él lo escribió con acierto y convicción-- que la construcción de una Carta nacional implica conocimiento y desvelo.
Fuimos por caminos diferentes y de la mano de maestros distintos, pero siempre nos encontramos en magníficos términos y compartimos expectativas, trabajos, progresos. Alguna vez lo invité a ser director general en la dependencia de justicia que entonces se hallaba a mi cargo. Lo declinó con suavidad y firmeza. Tenía, con razón, otros horizontes, que ya estaban al alcance de la mano. Lo sabía. Llegó el tiempo en que las piezas del destino se acomodaron para elevarlo a la condición de rector universitario. Confieso que tuve algunas dudas sobre la posibilidad de que llegara tan lejos, a partir del cubículo de investigador universitario, compitiendo para ese cargo con quien ya era rector ameritado. Jorge mantuvo su decisión. Me confió sus razones, en coloquio amistoso. Quedé a la expectativa. Por supuesto, salió adelante. A una hora temprana se difundió la noticia en la Universidad a la expectativa: Carpizo era el nuevo rector. Bueno para la Universidad y excelente para Carpizo.
En ese desempeño tuvo días de sol y de sombra, momentos difíciles, que sorteó con fortuna. Hizo cuanto pudo por la Universidad, pero nunca al precio de comprometer la suerte de ésta y la paz de la república. Caminó hacia adelante, hasta donde fue razonable. Así lo vimos durante el Congreso Universitario, colmado de claroscuros, y en ocasión del intento de elevación de cuotas en la UNAM, cuando las calles de la ciudad comenzaban a poblarse de manifestantes.
Fue larga y fecunda la labor de Carpizo, que seguí con la mayor confianza, en la fundación del Ombudsman mexicano, primero en la Universidad Nacional y más tarde en el país, yendo de un pequeño despacho desconcentrado en la secretaría de Gobernación a un eficiente, poderoso, órgano constitucional autónomo que ha prestado servicios eminentes a México y a millares de mexicanos que los han requerido. En los días de la fundación ciertos servidores públicos --así se les llama, por simple prurito administrativo-- habían cometido infinidad de desmanes, alterando groseramente su compromiso con la procuración de justicia. La Comisión de los Derechos Humanos dio el golpe que había que dar sobre la mesa.
Otros desempeños llegaron a la vida pública de Jorge Carpizo, ya muy distante de las horas tranquilas en la pequeña ciudad amurallada, aunque no tan alejado de los nuevos piratas que pusieron piedras en su camino. Las hubo mientras fue rector; piedras de extramuros plantadas por funcionarios ocurrentes (digámoslo así). Otros funcionarios estuvimos a su lado, quisimos mediar o por lo menos reducir los problemas. Jorge removió las piedras sin vacilación: o las quitaba o se quitaba. Y las quitó, como suponíamos. Los años en Francia y en España fueron provechosos; los de Madrid, amables. Ahí disfruté, con mi esposa, la hospitalidad de una buena mesa y de una grata conversación. Jorge se sabía todo lo que debía saber de España, donde contaba con amigos, colegas, discípulos que fueron legión.
Una mala tarde, mientras me hallaba en la casa de Gonzalo Celorio, disfrutando la comida y la charla con amigos con los que suelo reunirme en “tertulia” --que llamamos la “Tertulia del Convento”, por motivos que ahora no vienen al caso--, recibí una llamada telefónica que me trajo una noticia inesperada, dolorosa, que tardé en creer. Estábamos a dos o tres días de otra acostumbrada comida de amigos, a la que Jorge había concurrido, como solía, y en la que nos refirió planes y proyectos. Lo percibí seguro, animado, dispuesto a emprender novedades de vida y trabajo. De nuevo, viajes, cátedras, obras. Si no recuerdo mal, sería anfitrión de nuestro siguiente encuentro. Así lo comentamos. Se retiró el primero, para atender algún compromiso. A este recuerdo, tan fresco, se aferró mi incredulidad cuando escuché la noticia de su fallecimiento.
Cuando esto sucedió todos sabíamos que Jorge Carpizo podría aportar mucho más de lo mucho que ya había dado a su país y a su ciencia. Se hallaba en una etapa de plena y vigorosa madurez. Seguía librando, a su manera, las batallas que resolvía librar. Continuaba sirviendo a la Universidad, queriéndola y prestigiándola, a través de iniciativas y tareas que frecuentemente trascendían nuestras fronteras. Había mucho por hacer y él contaba con todo lo necesario para hacerlo. Esta vez no logró remover la piedra, pero sobre ella se está erigiendo la memoria de sus horas y sus obras.
Sergio García Ramírez
Publicado en:
García Ramírez, Sergio, "Dr. Jorge Carpizo", en VV.AA. Estado constitucional, derechos humanos, justicia y vida universitaria. Estudios en homenaje a Jorge Carpizo. Testimoniales, Miguel Carbonell, Héctor Fix-Fierro, Luis Raúl González Pérez y Diego Valadés (coords.), México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 2015, t. I, pp. 123-126.
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